miércoles, 30 de mayo de 2012

Crónica de una graduación tardía (Parte II)


        Ayer entré a la universidad siendo bachiller y salí siendo toda una licenciada. Sin dudas fue un día que ha marcado toda mi vida. De ahora en adelante soy una profesional y comienzo una nueva etapa.
         Debo contar que ese “entrar a la universidad” estuvo a punto de no realizarse. Incluso, hubo tantos impedimentos que haber logrado concluir el acto fue un verdadero milagro, si es que éstos existen.
         Todo comenzó con una protesta que generó una cola nada normal para poder acceder al recinto universitario. Entre discusiones con las “autoridades” y con algunos participantes de la manifestación, el ánimo se me puso por los cielos. Ya saben, esa suerte de adrenalina que se sube en la sangre.
         Todo continuó de manera normal. Saludar a mis compañeros, tomarnos 24874841521 fotos para farandulear en el Facebook y esperar y esperar que todo estuviese listo para entrar a firmar el acta de grado.
         En medio de la espera se corrió el rumor de que la madre de uno de nuestros compañeros había muerto y le avisaron justo en ese momento. Fue bastante triste, pues si bien no es fácil perder a tu mamá, ni imaginar si es en una ocasión tan importante como esa.
         Por supuesto, los problemas con la electricidad no podían faltar. Todo el acto lo realizamos sin energía eléctrica y locos por terminar de firmar y salir de allí a celebrar.
         Siempre nos alentaban. Nos decían que no podíamos perder la emoción ni dejar de disfrutar de nuestro día. Aún así, seguían sucediendo cosas que parecían indicar que estábamos en el momento y lugar equivocados.
         Una compañera tuvo un accidente, se cayó por las escaleras y luego tuvo que abandonar el acto para ir a recuperarse. ¡No era el día! Pero continuamos, contra viento y marea, y conservando la excitación.
         Reímos mucho cuando a cada uno los iban aupando con apodos y frases que los caracterizaron durante toda la carrera y al menos yo no podía creer que por fin estaba viviendo ese momento, que al fin iba a poder disfrutar de este éxito que soñé durante tantos años.
         Pero no, no todo se queda ahí. El último colega en pasar a firmar el acta, decidió dar un salto de emoción justo en la orilla del pódium, lo cual lo hizo rodar y ganarse una lesión en la pierna y la risa de todos los presentes. Cerró con broche de oro.
         Pasaron tantas cosas y aún así logramos firmar los benditos papeles que no me queda más que decir: fue un momento mágico. Y hubiese sido muy aburrido si nada, absolutamente nada hubiese sucedido.
         Con esto no quiero decir que fue bueno lo de las tragedias, pero por lo menos las enfrentamos con humor, fortaleza y compañerismo.
         Ya sólo me falta un acto: la entrega del título. Vestir mañana de toga y birrete va a ser un sueño que alguna vez vi muy lejos y que hoy puedo saborear con todo el gusto del Universo.
         Soy oficialmente una licenciada de la República, pero aún así siento más bonito cuando simplemente me dicen que soy una periodista.

lunes, 28 de mayo de 2012

Miedo a la distancia


           Tengo desde hace rato una opinión metida entre los dedos y el teclado que no había podido soltar, pero ya es hora. Se trata de nuevo del amor a distancia.
         Creo que he hablado ya bastante en este blog de lo que opino de las relaciones de ese estilo, he recomendado cosas para mantenerlas y descrito fase por fase cómo más o menos pueden nacer.
         No obstante, hay un detalle del cual no les he hablado y tuve que vivirlo para poder describir de manera más clara cómo y por qué sucede: que uno de los dos le tema a la distancia.
         Tenemos claro cómo nacen en la mayoría de los casos estas relaciones. Primero la negación, luego esquivando los sentimientos, la aceptación y por último el desarrollo y el encuentro. Pero, ¿qué sucede cuando uno de los dos se queda a mitad de camino?
         Es normal que esto de los kilómetros asuste, sin embargo, hay quienes no saben manejarlo o prefieren perder las cosas que arriesgarse a vivir lo que siente y a ir por ello.
         Entonces todo se complica un poco. Uno empieza a querer más que el otro, uno arriesga más que el otro, uno está más dispuesto que el otro, uno empieza a sufrir más que el otro, y así una cadena que parece no tener fin.
         Por supuesto, alguien sale lastimado, o ambos, en algunos casos. ¿Por qué? Porque se despierta un sentimiento y luego pretenden dejarlo así, latiendo, sin remedio, para después salir huyendo porque no saben cómo reaccionar.
         Claro, esto es totalmente evitable si a tiempo se dejan las cosas claras y si se intenta no dar todo a la primera semana de conocerse. Siempre he pensado que lo ideal es conocer bien a la persona, ver qué tanto está dispuesto a arriesgar y luego dar el paso y abrir el corazón.
         Como sabemos, a veces este musculito no nos hace caso y sólo nos provoca lanzarlo al vacío para que no siga de terco, pero al menos podemos hacer el intento y tomar precauciones.
         Pero de verdad les digo, chicos, ¿vale la pena dejar ir algo verdadero por el simple miedo a unos kilómetros? ¿Acaso no ven cómo ha avanzado la tecnología y lo fácil que es hoy en día comunicarse? ¿Tan pesado es luchar y viajar a ver a tu verdadero amor?
         No sé si soy demasiado ingenua, demasiado tonta o demasiado enamoradiza pero yo sí estaría dispuesta a darlo todo si esa persona me llenase, aunque estuviese del otro lado del mundo. Pienso que de eso se trata el amor, de luchar por él, de lograrlo.
         Claro, cada uno de nosotros tiene su opinión al respecto y seguramente muy válidas, pero lo que soy yo no dejaría ir el amor por miedo y me cuesta creer que una mujer tenga más pantalones que un hombre para apostar por lo que siente y lanzarse a lograrlo.



Crónica de una graduación tardía (Parte I)



Esta soy yo intentando describir cómo ha sido el proceso de mi graduación. He decidido escribir un antes y un después. Ya saben, por eso de que muchas veces suceden cosas inesperadas que pueden cambiar el desenvolvimiento de un hecho.
         Cuando me senté a pensar acerca de cómo redactar esto, se me vinieron muchas cosas negativas a la mente, pero siguiendo el pensamiento de uno de mis profesores que asegura que en un blog siempre debe haber algo positivo y algo que enseñar, decidí dejarlos a un lado.
         Digamos que son cosas normales: no querer ver nunca más a ciertos compañeros, haber esperado casi un año para que por fin te entreguen el título, soportar el faranduleo desatado y sonreír para las 264641210536 fotos “pa’l feisbuk”.
         Sí, como dije anteriormente, tuvimos que esperar alrededor de un año para que nos pudieran hacer un acto. ¡Qué cosas! ¿No? En fin, no me había sentido emocionada al respecto. Pensaba que cumpliría con todo el protocolo, vería a todos llorando y me iría a casa a llenar de orgullo a mis padres.      
         ¡Error! 
Yasdelia, tienes sentimientos. Sí, intentas ocultarlos, pero ahí están.
Mientras preparaba todo (papeles, trajes, etc.) empecé a sentir mucho estrés. Vístete de azul, no, de verde, péinate hacia atrás, no, hacia adelante, colócate tacones, no, mejor botas, no te maquilles así, ese color no te va, con ese vestido te ves gorda, esa falda está muy coMALDICIÓN. DÉJENME SER.
Elegí lo más sencillo y decidí hacer todo en completa tranquilidad, sino un acto que debe ser para disfrutarse se me iba a convertir en una pesadilla que jamás querría recordar.
No soy católica, como muchos saben, pero hoy me tocó ir por mi familia a la misa de grado. La verdad es que me gustó mucho, sobre todo por eso de verlos a todos unidos, sonrientes y felices de que por fin este sueño se viera realizado.
Fue como abrir los ojos y darme cuenta de que es un momento que definitivamente marca un antes y un después en nuestras vidas. No sólo por el hecho protocolar de recibir un título, sino por saber que luchaste tanto por llegar a la meta y lo lograste con la frente en alto.
Es como si te dijeran: ten, esto es lo que mereces por tantas noches en vela y tanto exprimir tu mente para crear. Y vale más porque eso que te están dando no es dinero, que si bien no cae mal, no debería ser el motivo principal por el cual se estudia en la vida.
Me he ganado un título que para mí no representa un pase para ganar dinero, sino algo que me dice: el éxito es tuyo y aunque este papel no es lo que importa sino lo que he aprendido, es una representación de todo lo que he luchado por ser cada día una mejor profesional.
Veamos cómo se sigue desarrollando en los dos actos que me faltan esta emocionante parte de mi vida, donde dejo de ser una universitaria para convertirme en licenciada y seguir pateando la calle para llevar la verdad a cada una de las personas que estén dispuestas a conocerla.

miércoles, 23 de mayo de 2012

El sabor del amor


-¿Me acompañas?- me dijo esa noche en la playa, y me llevó de la mano hasta sentarnos en la orilla.
-Cierra los ojos, por favor.
Obedecí sin dejar de sonreír, sintiendo la brisa del mar en mi rostro.
-Shhh, haz silencio. ¿Escuchas las olas? ¿Puedes oír el mar?
-Sí.- Le dije asintiendo y sin saber a dónde quería llegar.
-Los Dioses te dicen, a través del sonido del mar, que están presentes y que eres parte de ellos.
Sonreí. Él sabía perfectamente cómo hacer de ese momento algo especial.
-Respira profundo. ¿Sientes el olor de la playa? ¿Qué te transmite?
-Paz.- contesté, ya con ganas de abrazarlo.
Tomó mis manos suavemente y las colocó en la arena, la cual en ese momento estaba fría.
-Tócala, siéntela entre tus dedos. Es como si con ella los Dioses te dijeran que te dan firmeza y que aunque te hundas un poco, siempre podrás salir adelante.
No podía dejar de sonreír y una extraña sensación recorría mi estómago.
-Abre los ojos y mira el cielo. Con toda esa belleza delante de ti no puedes más que sentirte pequeñita, sin embargo, ninguna de esas estrellas se compara con tu luz.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
-No llores. Cierra los ojos de nuevo. Hay algo que debes probar. No será el mar, que ya sabes que es salado. Tampoco la arena, eso podría hacerte daño, y, desde luego, no puedes morder las estrellas. Pero quiero que pruebes un sabor que tal vez ya has sentido, pero que dices no recordar.
Quería preguntarle de qué hablaba pero con un beso silenció mi boca.
-Ese, hermosa, es el sabor del amor.

martes, 22 de mayo de 2012

Escribir es mi pasión



Escribir es mi pasión.
         ¿Lo habían notado?
         No hay mejor remedio para un corazón silencioso, para unas penas esposadas al alma, para decir de todo sin usar tu voz.
         Siempre aconsejan desahogarse a través de las letras.
         Yo lo utilizo, más que para desahogar, para aprender de mí misma.
         El mundo va y viene y nunca se sabe cuál será el próximo movimiento.
         Sin embargo, escribir te regala otra dimensión.
         ¿Qué tiene de raro vivir, en un papel, el rol del personaje malvado que degolla a todos los que se atraviesan en su camino?
         ¿Quién no ha disfrutado escribiendo su propia historia y dándole un final feliz que, en la realidad, quizás nunca existiría?
         Escribir es mi pasión.
         Podría repetirlo cada segundo de mi vida.
         En mis escritos he reflejado mis penas, mis alegrías, mis amores secretos, y he nombrado, en cada uno de ellos, a personas de mi entorno que tal vez no se imaginan que fueron mi inspiración.
         He relatado historias ajenas, sueños y secretos que jamás revelaría.
         Escribir es mi pasión.
         ¿Cuál es la tuya?



martes, 15 de mayo de 2012

Palabras y frases que me cuesta mucho o no me gusta decir


-Te amo. 
-Mi rey. 
-Papi. 
-No siento lo mismo por ti. 
-Me gustas. 
-No quería responderte. 
-Mi amor. 
-Bebé. 
-No te creo. 
-Vuelve. 
-Te necesito. 
-Guatemala. 
-Sí. 
-No puedo. 
-Regla. 
-Mi cielo. 
-Adiós. 
-Picha. 
-Abocar. 
-No tengo plata. 
-Te odio. 
-Te lo prometo. 
-No. 
-Mi sol. 
-Nené.

-Olvídame.


lunes, 14 de mayo de 2012

Mis diarios


      Hoy me armé de valor y decidí abrir esa gaveta de mi closet repleta de diarios, cuadernos y demás hojas de apuntes en las cuales está toda la historia de mi vida… o al menos la que quise retratar.
         Como la mayoría de las adolescentes de mi generación, escribía cada día lo que me sucedía. Miradas, besos, pensamientos, problemas, lágrimas y muchas más cosas están reflejadas en unas hojas que ya empiezan a tornarse amarillas por el paso del tiempo.
         Leí unas cuantas frases de mi pasado y no sabía si reírme o abofetearme por haber sido tan inmadura, pero era lo que había en ese tiempo y yo sí crecí disfrutando cada una de las etapas de mi juventud.
         Cuando somos jóvenes queremos escribir para luego más adelante echar un vistazo atrás y tener una historia que contar. Es como si quisieras que alguien una vez leyese tus diarios y decidiera crear una película acerca de tu vida.
         Una vez que creces y miras atrás, buscando dónde está la historia maravillosa digna de un Oscar, descubres que no quisieras ni tú misma leer eso que alguna vez escribiste. Todo entonces te parece tonto y sólo piensas en buscar un nuevo rincón, más recóndito que el anterior para evitar que puedan ser leídos.
         Hoy me vestí de ganas de analizar quién fui y quién soy, por eso estoy rodeada de hojas llenas de polvo y de diarios que una vez tuvieron como fin ser entregados a mis hijos para que conocieran a su madre en su etapa de adolescente.
         Diarios que ahora serán sólo pequeñas hojas escondidas, para evitar  que alguien descubra que fui una niña y que los golpes hicieron de mí una mujer mejor. Una mujer que incluso ya no sabe si quiere tener hijos.