domingo, 21 de octubre de 2012

Un día en la piel de... un maestro


Un maestro es un escultor de futuros
Dedicación, compromiso y responsabilidad son tres palabras claves en la educación. Esta tarea humanística permite entrar en la mente y el alma de los niños

 “Maestra, ¿me ayudas con este problema?”, me dice Daniela, quien arregla sus pequeños lentes, luego de entregarme la hoja de un examen. Ella es uno de los 15 alumnos con los cuales compartí esa mañana en la escuela San Ignacio de Loyola, ubicado en Guanta, estado Anzoátegui.
La mayor parte de las mujeres de mi familia son licenciadas en educación, así que esta tarea no me resultaría muy difícil de realizar. Aunque a veces siento que no les tengo paciencia a los niños, verlos y compartir con ellos me llena de una ternura inexplicable y sin duda alguna eso se vio reflejado ese día.
         Desde la puerta del colegio hacia afuera parece ser una labor nada difícil: cuidar de unos cuantos niños, enseñarles lecciones y tener paciencia. Cuando te encuentras dentro del aula, notas la realidad: ser educador no es algo fácil.
         Educar es moldear, tal cual un escultor, pero en vez de crear figuras en barro, estás formando el cerebro de un niño. Un pequeño ser que será el futuro del país. Al pensar eso, un enorme peso cae en tus hombros.
         Luego del recibimiento, hacer las oraciones del día y comenzar con la primera clase, todo fue sonrisas. Los niños tienen un aura encantadora, y toda esa paciencia que creía necesitar se convirtió en ganas de orientarlos y compartir.
         Erikha Flores, maestra de tercer grado en esta institución, fue mi guía esa mañana. Mientras los chicos resolvían su examen de matemáticas, conversábamos acerca del día a día. “Enseñarlos es algo que amo, y mi mayor satisfacción es que ellos logren aprender las cosas”, me dijo mientras los miraba, concentrados en sus hojas.
         Verónica, una de sus pequeñas alumnas, me pidió ayuda varias veces para terminar uno de los ejercicios. “Tienes lentes, como yo”, me decía sonriendo. Yo era un mar de sonrisas.
         Erikha les pidió que me hablaran de una de las carteleras que tienen en el aula, la cual trataba del espacio.
-Yo me sé los nombres de todos los planetas- gritó Alejandro, emocionado.
-Eso lo aprendiste en la televisión- contestó otro de los niños.
-Mi abuela dice que ver televisión es malo- dijo Alejandro y todos empezaron a reír.
         Era sorprendente la manera tan rápida en la que respondían las preguntas de su examen, mientras hacían bromas diciendo que no se copiarían porque una cámara los estaba grabando y entonces la maestra los reprobaría.
         La educación de estos niños no sólo depende del maestro. Gran parte de lo que aprenden está a cargo de sus padres y el aula de clases no es el único lugar donde ellos deben realizar sus actividades e instruirse.
         Muchas veces, un maestro pasa a ser un amigo y los niños le toman cariño como si fuese un segundo padre o madre. “Algunas personas me preguntan de dónde saco paciencia, pero no la necesito, ellos son adorables”, me contaba Erikha, mientras los niños estaban en el receso.
         Algunos son más lentos que otros a la hora de aprender. Ahí es cuando se debe tener aguante y encontrar la manera de explicarle hasta que logre entenderte. Pero eso no es lo difícil de este trabajo.  
         Cuando te das cuenta de que eres el encargado de llevar por el buen camino a las personas que en un futuro sacarán un país adelante, es el momento en el cual ves la importancia de ser un profesional de la educación.
         Pero sin dudas es algo que se realiza con amor. Lo único que se respira en esos lugares es alegría. Cuando Verónica entendía lo que yo le explicaba, sentía que estaba en el lugar correcto, entregando un pedacito de mí para aumentar sus conocimientos.
         De eso se trata la vida: aprender para luego entregar los conocimientos. Después de todo, no tendría sentido conocer algo si no tienes a quien transmitírselo. Cuando sonó el timbre de salida fue muy triste, pero todos se despidieron de mí con cariños.
Hasta que uno de ellos me hizo querer regresar cada mañana luego de decirme: “Maestra, ¿puedes venir a ayudarnos mañana en el examen de inglés?”.

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