martes, 28 de diciembre de 2010

Clavada en unos ojos


Todos nosotros hemos tenido uno de esos momentos en los que ves a alguien una sola vez en tu vida pero no se te va nunca su rostro de tu memoria.
Así le pasó a M. Pero parece ilógico de parte de ella. Imagínenla. Una de esas chicas que va por la calle adivinando dónde va a pisar porque lleva el celular en su mano y si le dices algo no te oirá, va metida en su mundo musical.
Vive en una agitada capital donde tiene que caminar a alta velocidad si no quiere ser atacada por la multitud. Todos la miran cuando pasa, porque su figura es envidiable y su cabello podría brillar más que el sol. Pero ella ni siquiera lo nota. Está demasiado ocupada con su vida como para preocuparse de si la miran o no, de si alguien nota su presencia o la ignora.
Pero siempre llega el momento en el que alguien logra capturar la atención del más descuidado. Y ese día le llegó el turno a M.
Esta vez no tenía un teléfono en sus manos. Iba en un tren lleno de gente que se golpeaba para poder entrar o salir y donde el calor llegaba a ser insoportable. Pero eso no parecía importarle. En la esquina se refugiaba en un libro que siempre llevaba en su bolso, y entonces se metía de tal manera en la historia que el mundo real podía venirse abajo y ella no lo notaría.
Se quedaba en una de las últimas estaciones, por lo que el vagón iba quedando cada vez más solo. Entonces sintió una mirada sobre ella. La ignoró por unos momentos, pero tenía fuerza y no podía seguir evitándola.
Levantó la mirada, poco a poco, con timidez, y ahí estaba parado él, mirándola. Unos grandes ojos color café la miraban con una suerte de admiración, con curiosidad. Ella no pudo evitar sonreír mientras el tren se detenía.
Él no devolvió la sonrisa. Caminó hacia la puerta y se esfumó como si hubiese sido un fantasma.
M no lo podía creer. Los ojos más hermosos que había visto en la vida la miraron. Se arrepintió de no mirar antes. Se arrepintió de sonreír. Se arrepintió de no haber dicho palabra alguna.
Y esa noche no le fueron suficientes los libros, la música o su celular. Esa noche no estaba en un mundo irreal, estaba clavada en unos ojos.


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