domingo, 1 de enero de 2012

Caramelo

Caramelo se fue de parranda ese sábado. Sabía que su noche estaría llena de bailes y tragos pero no sabía que jamás regresaría a casa... al menos no con la misma piel.
Sus amigos pasaron por ella alrededor de las nueve de la noche. Ese carro negro recorrió toda la ciudad, con la música a todo volumen y cuatro personas llenas de ganas de acabar con el mundo, a su manera.
Fueron a una disco recién inaugurada, todo porque dos de sus amigos eran de otra ciudad y querían conocer la movida. Caramelo y su amiga los llevaron a conocer el lugar mientras la mayoría dormía.
Bailaron, rieron, tomaron y se divirtieron a más no poder, tal como lo esperaban. Uno de los chicos estaba interesado en ella. A cada rato le decía piropos, de esos bien dichos... y bien pensados.
Al final de la noche, cuando todos tenían suficiente alcohol en las venas, el amigo de Caramelo se la llevó en el carro a un extraño lugar, totalmente alejado del hotel donde éste se estaba hospedando.
Ella solía ser juguetona y, entre juegos, lo llamó extraño y le pidió que se fueran a otro lugar. Él la besó. Ella se fundió en ese beso. El chico le ofreció un trago y subieron a una habitación bastante sombría. Ella sintió cómo él empezaba a quitarle la ropa.
Eso es lo último que recuerda. Cuando abrió los ojos no sabía cuánto tiempo había pasado. Sintió mucho ardor en los brazos y algo caliente corriéndole por las piernas.
Su "amigo" la tenía amarrada en una silla de metal oxidado. Sus brazos tenían muchas cortadas, las cuales sangraban sin parar y tuvo la peor de las visiones: el chico estaba sentado en el piso, frente a ella, cortando la piel de sus piernas con una hojilla y lamiendo cada una de las gotas de sangre que brotaban de ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada