sábado, 12 de mayo de 2012


     Empecé a sentir cómo con besos en la espalda me despertaba. R estaba recorriendo desde mis muslos hasta mi cuello con sus labios y abrí los ojos, erizada.
         Me di media vuelta y él me sonrió, malicioso, mientras sus manos me recorrían y la pijama comenzaba a caer al piso.
         Nuestras lenguas jugaban y la temperatura subía. Intenté levantarme y tocar toda su piel pero con su dedo me selló la boca y me susurró al oído que disfrutara.
         Lo sentía ir y venir en mi cuerpo, mi corazón latía de prisa y mis manos sostenían sus cabellos. Era una entrega total, deseada, inesperada.
         En su mirada veía todo el deseo acumulado y su cuerpo sudado me estaba acercando a eso que llaman el paraíso.
         Cerré los ojos y me dediqué a disfrutar de todo lo que me estaba haciendo sentir.
         De pronto, oí un grito afuera que me obligó a volver a la realidad. Eran las nueve de la mañana y se me hacía tarde para salir al trabajo.
         Lo único real de aquel momento fueron mis latidos acelerados y las gotas de sudor corriendo por mi piel.

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